Mi hermana me recomendó un podcast. Ella lo había escuchado y me habló de algunos temas que trataban, como los biotipos y los temperamentos. Me interesó tanto la forma en que me lo contó que decidí escucharlo. No porque quiera dedicarme a eso, sino porque me encanta el poder saber. Me fascina poder interesarme por algo y entenderlo. Bien dicen que el saber no ocupa lugar (soy una señora), pero además te construye identidad. Y yo claramente estoy en etapa de construcción constante.
Escuchando sobre los biotipos me sentí identificada con dos: el melancólico y el sanguíneo. Soy profunda, reflexiva y emocionalmente intensa hacia adentro. Pienso mucho, siento fuerte, me conmueve el arte (demasiado). Pero al mismo tiempo, con mis amigos soy expresiva, sociable, habladora, conecto fácil y muestro lo que siento hacia afuera. Estuve varios minutos pensando si eso era contradictorio. Después entendí que no. La personalidad no es una caja cerrada. No somos una sola cosa. Somos una mezcla de rasgos que aparecen según el contexto. Ser introspectiva y expansiva no es incoherencia es complejidad.
También en el podcast hablaban de masculinidad y feminidad. Decían que lo “masculino” busca entender el porqué de las cosas y analiza la vida de forma más mecánica, mientras que lo “femenino” se orienta más a los vínculos, la inclusión y el cuidado emocional. Al principio pensé que quizá yo era más “masculina”, porque me encanta analizar, entender, desarmar ideas. Pero después me di cuenta de que también me importa profundamente que las personas se sientan queridas, incluidas y comprendidas. puedo ser analítica y sensible, no es un bug.
Mi hermana tuvo mucho que ver en todo este proceso. Ella es flemática: tranquila, estable, paciente. Es ese tipo de persona que transmite paz sin intentarlo. Cuando estoy con ella me siento regulada, segura. Aprendo muchísimo de lo que me comparte y, en muchos sentidos, gracias a ella soy quien soy.
El otro día me leyó las cartas. Ninguna de las dos cree realmente en eso, nos inclinamos más por la lógica que por lo místico. Pero fue una casualidad enorme que salieran cosas relacionadas con conversaciones que habíamos tenido apenas media hora antes. Nos sorprendimos mucho. Más allá de si fue coincidencia o no, lo importante fue cómo me hizo sentir, conectada, en sintonía. No se trata de creer ciegamente ni de rechazar todo, más que nada reconocer lo que algo despierta en uno. Igual si mañana me preguntás, te digo que fue estadística. Pero en el momento fue cine.
Algo parecido me pasó en una clase de acrobacia. Estábamos haciendo abdominales y se me puso una mariquita enfrente. Sé que puede ser casualidad. Pero no lo viví como “omg, suerte”. Lo sentí como un símbolo del momento que estaba atravesando, estaba haciendo algo por mí.
Y ahí está el cambio, estoy intentando.
Durante mucho tiempo fui la persona que decía; “Si va fulanita, voy. Si no va, no voy”. Dependía mucho de los demás para animarme a hacer cosas. En 2024 entendí que eso me estaba limitando, pero entenderlo no significa cambiarlo de un día para el otro. Ahora estoy yendo sola. Y eso, aunque parezca una pavada, para mí es enorme.
Hace mucho probé el gimnasio, pero se me hacía la cosa más aburrida del universo. No digo que esté mal; hay gente que lo ama. Pero yo no busco solo entrenar: busco sentirme viva. En el gimnasio contaba los segundos para irme. En cambio, en tela no quiero que la clase termine. Colgarme, sentir la sangre en la cabeza, estirar las piernas, formar figuras con el cuerpo, sostenerme en el aire… se me hace hermoso. Es arte. Es movimiento. Es presencia.
Hubo una parte del podcast que me hizo llorar. Hablaban de las personas que siempre están para los demás, que pueden ayudar a una amiga mil millones de veces, pero cuando ellas están mal no piden ayuda por miedo a molestar. Decían que eso a veces pasa cuando, de niños, en la familia nos ponen en el lugar de entender problemas adultos. Cuando aprendemos que hay cosas que “mejor no hacer” para no incomodar. Que es mejor adaptarse, no pedir, no ser carga.
Esa parte me tocó algo muy profundo. Porque a veces siento que tengo un problema de aprobación. Como si necesitara demostrar que puedo hacer las cosas sola, que no molesto, que no soy una carga. Y al mismo tiempo me cuesta pedir ayuda, incluso cuando la necesito. Es una contradicción, quiero que vean que puedo, pero me cuesta mostrar cuando no puedo. Orgullo raro, trauma leve, personaje complejo.
No sé si todo tiene una explicación exacta. No quiero reducir mi historia a una sola teoría. Pero sí sé que empezar a ver esos patrones me hace más consciente.
Antes estaba mal y no hacía nada. Sabía cuál era la salida, pero no me animaba. Me había acostumbrado tanto al malestar que lo conocido se sentía seguro. Ahora no estoy perfectamente bien. Hay días en los que me siento horrible. Pero incluso en esos días intento moverme. Y eso cambia todo.
Quiero estudiar cine. Quiero actuar, modelar, tener una banda. Me interesa la fotografía, la escritura, la danza (árabe, Ji), el teatro, incluso aprender coctelería porque me parece divertido. Durante un tiempo quería hacerlo todo ya, como si necesitara convertirme de la noche a la mañana en alguien interesante. Ahora entiendo que no funciona así. No tengo que hacerlo todo al mismo tiempo. Puedo empezar con algo súper x. Puedo sostener algo que me haga bien. Puedo construir desde ahí. No necesito sacar toda la temporada junta.
Antes estaba mal y no hacía nada.
Ahora, me muevo igual.
Y eso ya es otra versión de mí. Una versión que está aprendiendo que no tiene que hacerlo todo sola para valer. Una versión que empieza a animarse a vivir.
Y si me preguntás, sí, sigo pensando demasiado.
Pero diferente.
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